*Por: Ornella Trotta | Licenciada en psicología*
Hay algo en el fútbol argentino que excede por completo lo deportivo. Es ese nudo en el estómago antes de cada partido, la parálisis de las calles y ese grito atragantado que, cuando sale, nos une en un solo abrazo. Los que miran de afuera no nos terminan de comprender e incluso en muchas situaciones los argentinos mismos no nos entendemos, nos limitamos a sentirlo. Para nosotros, la pelota es el único lugar donde la vida, por un ratito, nos da revancha.
¿Por qué nos moviliza tanto? Para entender este fenómeno clínico y social, tenemos que apagar un segundo la pantalla y mirar a través de un concepto clave que Sigmund Freud planteó en Psicología de las masas y análisis del yo (1921).
La disolución del «Yo» en el «Nosotros»
Freud explicaba que una masa se constituye de verdad cuando sus miembros ponen un mismo objeto en el lugar de su «Ideal del Yo». Al compartir ese ideal, nos identificamos profundamente entre nosotros.

La magia colectiva: Cuando juega la Selección, el individuo se desvanece. Ya no sos vos con tus deudas, tus frustraciones o tu rutina de cada día. Sos parte de una marea gigante que vibra en la misma frecuencia. En esa comunión absoluta, abrazás a un desconocido en la calle como a un hermano. Aliviamos la soledad de la única forma en que sabemos hacerlo: colectivamente.
Ganarle a Inglaterra: la madre de todas las sublimaciones
Si hay un partido grabado en nuestra memoria celular, es el de 1986 contra Inglaterra. Desde la psicología, esa tarde no fue solo fútbol: fue sublimación pura. La sublimación es el proceso psíquico por el cual un impulso o trauma socialmente doloroso (la guerra, la pérdida, la injusticia) se canaliza y se transforma en una obra de arte, un acto creativo o una gesta deportiva.
Aquel día, el dolor de un país herido se convirtió en poesía con el pibe de Villa Fiorito (Diego Maradona) representandonos en la cancha. Ganarle a Inglaterra, con el gol más pícaro (la trampa del oprimido) y el gol más perfecto (la danza del genio), fue la forma en que el inconsciente colectivo argentino comenzó a elaborar algo de lo sucedido. No se devolvieron las islas, no se recuperó lo perdido pero se recuperó en algún punto la dignidad.

Cada vez que enfrentamos esa camiseta, como en esta tarde de Julio de 2026, reactivamos ese mecanismo de defensa: la pelota como el único lugar donde la justicia poética es posible. Cómo argentinos aprendimos que siempre que las reglas del mundo parecen injustas, nosotros tenemos el potrero para emparejar la cancha.
La resiliencia como ADN (y no de manual de autoayuda)
Nuestra resiliencia no es esa de frases hechas que te pide «vibrar alto» o evitar el conflicto. La nuestra es áspera, curtida, con olor a asado, caídas y cicatrices. Es el recuerdo masticado de las finales perdidas, de las lágrimas en silencio, y de esa terquedad tan nuestra de volver a colgar la bandera al día siguiente. Es perder el primer partido en un Mundial y, en vez de rendirse, aferrarse más fuerte al que al lado tuyo está sufriendo igual.
La Selección no nos representa porque gane siempre, sino porque se levanta siempre. Nos vemos reflejados en ellos porque juegan como vivimos: al límite, sufriendo más de la cuenta, pero con el orgullo intacto y la convicción de pelear hasta el último segundo del tiempo de descuento.
Una nueva final nos espera. Otra oportunidad para mirarnos a los ojos, abrazar al que tenemos al lado y recordar que, pase lo que pase, nunca caminamos solos. ¿Cómo no vamos a volver a creer?
Especialista en Psicología Aplicada al Deporte y a la actividad física.
Coordinadora de la sub comisión de psicología Aplicada al deporte. Colpsi. Distrito XI
@lic.trotta



